“Una de las canciones de mi cantata “Quito Mítico” –que escribí en el año 2004- describe la mañana de 1822 que Manuela Sáenz lanzara un laurel desde un balcón quiteño al triunfante Bolívar y la noche en que los dos bailaran un legendario vals, inevitable y unánime. Después de escucharla, la canción me dejó con el enorme deseo de escribir una ópera entera sobre este encuentro. Propuse la idea a Julio Bueno-director del Teatro Sucre- a quien le interesó, e inmediatamente me puse a trabajar en este proyecto en Septiembre de 2004. En Ardmore, el barrio en las afueras de Filadelfia donde vivo con mi esposa y tres hijos, tengo un patio con una hamaca otavaleña. Allí me instalé a leer las biografías de Manuela y otras publicaciones afines. De esas lecturas y de mis preconceptos creativos me fueron surgiendo las imágenes y cadencias que se convirtieron en el libreto. Incluí en este libreto los pasajes que consideré mas importantes, escogidos entre tantos y tan maravillosos momentos que se pueden encontrar en la historia de Manuela y Bolívar. Una historia, que sino hubiera sucedido, no habría sido inventada fácilmente por ningún poeta. Manuela la adelantada, la independiente, la dominadora, la Casandra, que supo casar sus ideales con la realidad; que supo aprovechar las circunstancias de la vida de la época y construir un mundo alrededor suyo, alto e intenso: Manuela la hija bastarda, la joven interna de una escuela de religiosas, la esposa de un doctor inglés conservador, se convertiría en la libertadora, la amante apasionada, la luz, la asesora de las luchas de la independencia, y la coronela de pistola encinto.

Bolívar, el visionario, el idealista, el conquistador de las mujeres, el necio y brillante estratega que dio su vida y fortuna por cumplirla promesa que hiciera en el Monte Sacro de Roma a su profesor e ideólogo Simón Rodríguez: liberar las colonias americanas del dominio español. Bolívar, en un momento cimero de su campaña, entra triunfante a Quito en Junio de 1822 sin saber que llegaba él ahí a una cita con el destino, que ahí se le abriría una puerta luminosa hacia desconocidos terrenos de la fortuna, del amor y del autoconocimiento. Aunque todo fuera para que, ocho años después, muriera en San Pedro Alejandrino derrotado por la tuberculosis y la incomprensión de su gente. Tras la muerte de su amado Bolívar en 1830, Manuela no se rindió; su llama siguió prendida, aunque flameando de una manera diferente. Desterrada en Paita, Manuela vivió la otra cara de la gloria con nobleza y dignidad. La legendaria libertadora se convirtió en la respetada mujer sabia del pueblo, y al final tampoco pudo vencer las garras de la peste de difteria el 23 de Noviembre de 1856, 150 años atrás.

 

“Manuela y Bolívar”, a través de la música y la voz, pretende hacer un homenaje a esta pareja extraordinaria; pretende contribuir a la memoria de esa ecuatoriana heroica, a mantener viva la pasión que el héroe caraqueño sintiera por ella, y viva la pasión que los dos a su vez generaron.

 

La obra toma elementos de tres géneros musicales: la antigua ópera de números, el musical y la cantata. Mi natural predisposición para escribir canciones me condujo a hilvanar mi libreto a través de piezas relativamente cortas: arias, dúos, y conjuntos vocales, sin dejar de incluir números de baile. El lenguaje musical es básicamente tonal, (ojalá de audición fácil) con escasas digresiones a lo atonal, con referencias a ritmos y géneros latinoamericanos (Bolívar entra triunfalmente al compás de una cueca; en el Baile de la Victoria las parejas se mueven al compás de un aire típico ecuatoriano y una zamacueca peruana; y más tarde Bolívar tararea y baila un merengue venezolano). Además he incluido entre los instrumentos de la orquesta a un cuatro venezolano y un cajón peruano.

El estilo de las arias y duetos es abiertamente romántico, mientras que ciertos coros y marchas son de carácter tradicional y heroico, y las piezas de baile están inspiradas en la música popular latinoamericana, con la esperanza de que, en su conjunto, la ópera mantenga una musicalidad instintiva, no intelectualizada. Sin obertura, cuando se abre el telón vemos a Manuela que, impacientemente, llama a su esclava Jonatás para que le ayude a prepararse, pues se alista a subir, esa noche del 23 de Mayo de 1822, hacia las faldas del Pichincha, a ayudar al ejército libertador del General Sucre. Durante el primer acto suceden aventuras en Quito, Ayacucho y Lima, donde, al final, Manuela es tomada prisionera en 1827. Al comienzo del segundo acto vemos a un Bolívar enfermo y medio derrotado, dialogando con su mayordomo José Palacios acerca de la incomprensión de sus subalternos y de su gente. Luego de otra serie de desventuras –incluido el intento de asesinato de Bolívar en Bogotá, la ópera termina con un epílogo-lamento donde los paiteños y varios personajes de la ópera se juntan para exaltar a Manuela y llorar su muerte.

 

Por: Diego Luzuriaga Ardmore,