Por: Marcelino Aparicio J. (*) 

Para la fauna política regional, la minería es una papa caliente, un “piajeno” desbocado que nadie quiere domar. Todos temen perder su “coto de caza electoral”. Por ello guardan cómplice y vergonzante silencio. Morales Castillo, que en el 2011 termina sin pena ni gloria su ciclo como congresista tras 10 años en el parlamento, sueña con ser “senadora” por Piura, previa reforma constitucional que ya se cocina en el Legislativo.Peralta Cruz, que sigue la misma senda de su colega de Unidad Nacional, no oculta sus escarceos en busca del sillón que hoy ocupa Trelles Lara, el timorato presidente regional que gobierna a la velocidad de una tortuga.Carrasco Távara, el sempiterno político ejercitado en ordeñar las ubres del Estado, también intentará -¡como no!- un nuevo periodo congresal, a pedido de la plebe, por supuesto. Espinoza Cruz y Venegas Mello, representantes ambas del “nacional- socialismo”, perdón nacionalismo aggiornado”, (¿o debiéramos decir nacionalistas “chicha”?) tampoco quieren “hacerse paltas” con los miles de votos de la serranía piurana y también permanecen calladas. Incluso Espinoza se ubicó en las antípodas y contra todo pronóstico encabezó una marcha antiminera, para ganarse alguito. Sabe perfectamente lo que significa el desarrollo; pero antepone sus gollerías personales al beneficio de las grandes mayorías regionales.   Con Guevara Trelles no pasa nada, después de que Alan García lo mandara a pasar callejón oscuro por reclamar la reactivación del Ministerio de Pesquería, una de las ofertas electorales del APRA en la pasada campaña presidencial. Olvida el “sobrinísimo” que en el Apra ya nadie se acuerda de las promesas del verano del 2006, ahora solo buscan ubicarse en un puestito ministerial al grito estentóreo de: “¡Chapa lo que puedas, hermanito!”, mientras en la Casa de Pizarro, García y sus amigotes de la ultra derecha se reparten la torta estatal.Pero eso no solo pasa con los políticos a sueldo; lo mismo sucede con los que ivernan en sus hediondos potreros a la espera de la próxima campaña electoral. Como vemos, nadie le pone el cascabel al gato; todos cierran la boca en defensa de sus guetos electorales. Prima la componenda ruin y mezquina en contra del interés de los pobres. Un estadista debe asumir su responsabilidad y enfrentar hidalgamente a los aventureros que se oponen al desarrollo. Lamentablemente en nuestras tierras sólo abundan los oportunistas de siempre, los coimeros de saco y corbata que a cambio de mantener sus prebendas son capaces de venderle el infierno a mismísimo Satanás. ¡Qué pena!  

(*) mapari22@hotmail.com