Por: Marcelino Aparicio J. (*)

La hecatombe del pasado 15 de agosto confirmó lo que muchos peruanos intuíamos: a) Que tenemos un jefe de Estado que, pese a su larga experiencia política, no controla aún su irascible carácter y carece de voluntad para dominar su verbo insultante; b) El Estado sólo sirve para cobrar impuestos y dilapidarlos a diestro y siniestro; c) Pese a estar ubicados en una zona altamente sísmica y haber soportado en mayo del 70 la furia de la naturaleza, adolecemos de un plan para enfrentar catástrofes.Por ello resulta contraproducente y hasta preocupante las reacciones altisonantes de García, que provocaron rápida respuesta en sus adversarios políticos. “Es un malcriado. No debe portarse así porque hace quedar mal al Perú”, dijo Ollanta Humala al comentar el altercado del mandatario con los bomberos españoles. “El que tenga miedo que se vaya”, espetó muy suelto de huesos García, ante la sorpresa de los brigadistas ibéricos, que luego de la infeliz respuesta presidencial se marcharon del país.“No ha sido el mejor manejo para  una crisis que causó tanto dolor entre los peruanos”, apostilló Lourdes Flores Nano aunándose al coro de criticas certeras. Mientras   un tabloide capitalino subtituló: “Calma tu ira señor (presidente)”, César Hildebrandt, el siempre mordaz periodista limeño, fue más allá y escribió: “Parecía todo menos el presidente de la república del Perú. Qué vergüenza”.¿Qué le pasa al primer ciudadano del país, al hombre que personifica a la Nación?, se preguntan contrariados los analistas de opinión y no hallan respuesta. De hecho, muchos de ellos suponían que Palacio de Gobierno le sacaría el jugo a la emergencia sureña para levantar la alicaída popularidad del líder aprista, ya que la última encuesta de opinión le daba un 35 por ciento de aceptación y una creciente desaprobación popular que bordea el 65 por ciento.Muchos, incluso, especulan que García atraviesa por una severa crisis nerviosa que urge controlar a tiempo antes de que se convierta en un “problema de Estado”, lo cual sería perjudicial para la marcha de la económía.¿Pero qué se puede esperar de un dirigente político que agarró a patadas a uno de sus seguidores en plena calle?

Recuerden que García ocupa el sillón de Pizarro porque la mayoría de peruanos lo consideró el mal menor ente el  desbocado avance del nacionalismo en pasada  campaña presidencial. Pero pareciera que el destino nos está pasando la factura, una factura muy onerosa que incluye costos y castas. Ojalá que García vuelva a sus cabales y las reacciones de los últimos días no sean un anticipo de los  desatinos de su primer gobierno; cuando despotricó del FMI, los empresarios, y nos dejó una inflación de ocho mil por ciento y el país convertido en un polvorín.  

(*) mapari22@hotmail.com