Por: Marcelino Aparicio

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Una tarde de 1983, hace ya 24 años, en uno de los recovecos del Colegio Militar Pedro Ruiz Gallo, leí “Cien años de soledad”, la gran novela de Gabriel García Márquez, el latinoamericano por antonomasia, que acaba de cumplir 80 años. En ese momento, el libro me sirvió para sobrellevar los rigores de la vida castrense, pero con el tiempo comprendí que fue un latigazo intelectual que marcaría mi vida para siempre. (El coronel Aureliano Buendía, Ursula Iguarán, Melquíades, Remedios la Bella, Prudencio Aguilar, etc, me han perseguido por siempre y me seguirán hasta la tumba). En el plantel había un oficial, alto, delgado y con pinta de galán de telenovelas, pero a la hora de la instrucción militar era el mismísimo demonio: el teniente Farfán. Odiaba que los cadetes leyeran, de modo que tenía que esconderme en los rincones más insospechados para disfrutar de mis lecturas. Si por desgracia me descubría, mi trasero terminaba con profundas huellas que demoraban semanas en desaparecer. Acababamos de almorzar en el amplio y fresco comedor del colegio cuando la voz estentórea de Farfán llamó a formación. Raudamente, los alumnos nos dirigimos a un descampado, conocido pomposamente como “La piscina”. Luego de interminables “planchas”, “canguros”, “paso del pato”, etc, de pronto, el oficial de marras se paró frente a nosotros y nos lanzó una interminable perorata del amor a la patria y respeto por el deber cumplido. Yo oraba a raudales para que Farfán dejara de hablar y así disfrutar del ansiado texto garciamarquezco, del que había tenido noticias en una recopilación de literatura universal. Justo cuando pensé que mi tortura había acabado, el militar ordenó que nos desnudaramos  (¡las ordenes se cumplen sin dudas ni murmuraciones, cadete!) y todos quedamos en traje de Adán, pegaditos uno al otro, en fila india. Aún recuerdo los rostros espantados de mis compañeros tratando de no acercarse al de adelante, mientras el de atrás hacia lo mismo. Permanecimos así durante una interminable hora, mientras los suboficiales vigilaban que nadie se separará; hasta que finalmente se compadecieron de nosotros y todos corrimos a las duchas, a salvo de aquel infierno. Después de esta angustiante experiencia, al fin pude estar frente al pelotón de fusilamiento de García Márquez y divagar con las excentricidades de Melquíades y la belleza endemoniada de Remedios La Bella. Por la riqueza del lenguaje, la técnica narrativa y la imaginación sin límites del autor, es la obra maestra de la literatura en castellano del siglo XX. Poblado de mariposas amarillas, difuntos aparecidos, hermosas jóvenes que ascienden al cielo con sabanas blancas y sangrientas guerras civiles, Macondo, el idílico pueblo creado por el novelista, se convirtió rápidamente en icono para los jóvenes de aquella generación. Gabo ha sido la luz que guío el camino de periodistas y escritores latinoamericanos y es creación auténtica del periodismo puro y casto, matizado con fuertes dosis de literatura, o mejor dicho de esa corriente que muy estrafalariamente llamaron “lo real maravilloso”. Lector asiduo, minucioso y escrupuloso de James Joyce, William Faulkner y Ernest Hemingway, GGM representa el brillo que en los últimos años ha tenido el periodismo y la literatura en América Latina. Ojala las nuevas generaciones (muy dadas a modas como Harry Potter, El señor de los Anillos, El Código da Vinci) comprendan y mantengan el legado de García Márquez, ahora que el gran novelista se acerca -tenemos que aceptarlo- al ocaso de su azarosa existencia.