Por: Marcelino Aparicio 

¡Otra vez con lo mismo! ¡Otra vez esa frase maldita y angustiante! Afuera, la noche acaba de instalarse en la ciudad y las bocinas de ómnibus y automóviles se confabulan en un chirrido infernal. Sudo a raudales, trato de calmarme, pero todo es imposible. Incluso, estrujo la corbata y me exprimo el rostro con las manos. Esto va a terminar mal, muy mal. Como siempre.

Nunca entendí ese modo tan perverso y pecaminoso de malograr nuestros momentos de felicidad. Todo comenzó así: “Te quiero ver, Karol, he soñado contigo. Estoy desesperado. No me prives de tu presencia, por favor. No seas mala, déjame verte aunque sea unos minutos; yo sé que trabajas, que estás muy ocupada, pero date un tiempito para mí. Tengo derecho, mujer”. Luego de un rodeo eterno, ella acepta y el sosiego me invade. “Pero sólo un ratito” –dices al colgar el teléfono, con esa voz provocativa que me sacude los tímpanos.

Hasta allí, todo marcha bien. Es la misma habitación: Pequeña, con paredes blancas y techo celeste adornado con una lámpara de focos agonizantes, como te gustan, Karol. Hay una cama enclenque, con sábanas amarillentas, dos almohadas y un olor que hiede se apodera de todo el ambiente. La silla de madera es lo mejor: tiene un respaldar amplio que termina en dos puntas de metal a manera de puños bélicos de los que asio con frenesí cada vez que nuestros cuerpos se mezclan entre gemidos interminables.

Recuerdo la última vez: desnuda sobre esa cama, con tus tetas al aire (los pezones parduscos como pequeñas colinas); el cabello largo y lacio que cubre hasta el ombligo y esas piernas lechosas que rasgo con ímpetu hasta el enrojecimiento. Como dice el cachaciento Roger: “Yo soy como el gallinazo… de frente me voy a la cagadera”. Allí está el orificio sagrado, con ese diminuto rabillo sanguinolento que no dejo de morder con suavidad. Y tampoco puedo olvidar esa succión telúrica que precede al cataclismo celestial. ¡Eres imposible, Karol! ¡Todo es tan magnánimo contigo!

Pero justo tuviste que soltar esa frase, tan propia de ti, tan acorde con tu personalidad, que siempre deteste. Así es el amor. ¿O no es amor? No lo sé. La semana pasada te lo dije: “No quiero saber nada de eso, Karol; déjame disfrutar y luego pídeme lo que quieras”. Te lo dije por enésima vez, y no entiendes: ¿Qué puedo hacer? ¿Dejar pasar las cosas?, ¿Hacer como que no escuché nada? Imposible. Soy hipersensible, un hombre de mundo… claro del tercer mundo. Solitario y con un sueldo miserable. Tú lo sabes perfectamente; por eso he comenzado a pensar que lo haces adrede, para humillarme. Y lo consigues.

-¿Me pagas, corazón? –musitó por tercera vez Karol, mientras el hombre la miraba con los ojos ígneos, a punto de estallar.

-¡Ya sé que eres una puta! ¡Ya sé que te debo pagar!–respondió fuera de sí y agregó- ¡Siempre te he pagado, no me lo tienes que repetir! Pero, por lo menos esta vez, déjame imaginar que te llevo a la cama… sin tener que pagarte.

-Qué quieres que haga pues… negocios son negocios, bebé –replicó la prostituta mientras se quitaba el pantalón dejando al descubierto el abdomen hinchado salpicado de estrías. El calor se hizo insoportable y en la calle el vocerío de la gente se confundía con el ruido los motores.