Cuentan los viejos de mi tierra, que al norte de un remoto país andino existía una tórrida y sedienta región, gobernada por un loro parlanchín, que solía hacer gala de su omnímodo poder. La verdusca ave acababa de ser elegida para administrar la comuna local. En una majestuosa ceremonia, a la que asistieron cientos de animales de las comarcas vecinas, el loro de marras fue investido de autoridad suprema y henchido de orgullo inició su mandato en olor de multitud. Hasta el mismísimo Rey, un caballo de fino relincho que gobernaba a miles de leguas de aquel alejado territorio, envió una comitiva oficial deseando parabienes al aludo cacique. Más allá de las eternas y acaloradas disputas políticas, todo marchaba bien. Pero un día, un chilalo renegón levantó el pico y en tono conminatorio convocó al Consejo de Aves para hacer una grave denuncia que involucraba al loro y su esposa. Se reunieron gallinazos, gallinas, soñas, cotorras, lechuzas y torcazas. Como director de debate se eligió a un jañape de poses filosóficas. “El loro ha traicionado nuestra confianza”, -comenzó diciendo el chilalo ante la expectativa general. “¿De qué lo acusan?” -interrogó el jañape para centrar la discusión. “Mire don Jañape… -volvió a terciar el chilalo y continuó- La última vez que el loro estuvo a cargo del cabildo, hace ya algunos años, dejó deudas sin pagar a decenas de aves y otros animales. Se le debe al gallinazo por sus servicios de limpieza en la ciudad, a la cotorra por tres espectáculos circenses, a la lechuza por sus tareas de vigilancia nocturna y a muchos más”. Desde el auditorio se levantó un murmullo amenazante y no faltó alguien que exigió la presencia inmediata del atrevido loro, quien -alertado por sus secuaces- permanecía sobre la copa de un vetusto algarrobo, a la espera de noticias. El jañape llamó a la calma y el chilalo continuó con voz engolada y gestos grandilocuentes. “Se ha cometido delito de nepotismo; mientras todos esperan que la comuna honre sus deudas; el loro, aprovechando su condición de administrador temporal de los bienes de todos, le paga a su mujer una antigua deuda que dizque le tenía el ayuntamiento y le entrega siete mil bolsas de exquisito alpiste. ¡No hay derecho!”. La muchedumbre montó en cólera y pidió la cabeza del gobernante, quien fue conducido a la asamblea ipso facto. Respondió que todo era un infundio para dejarlo mal ante su pueblo. “¡Ya basta de tanta cantaleta, de tanto ataque artero! -gritó a pico de jarro ante la sorpresa de todos- ¡No se ensañen con una mujer que ha dado la cara por defender a los más pobres!”. El jañape, que lo había estado mirando inquisitivamente, levantó la pata para interrumpir y acomodándose el monóculo espetó: “La mujer del César no sólo debe ser honesta, sino parecerlo”. Todos enmudecieron. Enseguida, fue vacado del cargo y sentenciado al exilio, pero antes, el Consejo de Ancianos dispuso que le cortaran las alas para que nunca más le volvieran a crecer.

PD.- Cualquier parecido con la realidad es pura (¿Piura?) coincidencia.